Friday, February 9, 2007

Secretos


Como a casi todo el mundo, a mí también me gustan las fotografías, la imagen ha ejercido siempre una particular atracción sobre mí. Cuando tenía unos seis años comencé a tomar fotos con una cámara de medio uso que alguien había obsequiado a mi padre.

Después de muchos años, ya siendo adulto, quise tener control total sobre las imágenes y me apunté a un curso de fotografía que incluía el proceso de revelado de película e impresión. Lo que quiero comentar ahora es algo que sucedió en una de las clases.

El maestro nos pidió que hiciéramos una ampliación de 8 x 10 de la fotografía que considerábamos era la mejor tomada por nosotros hasta ese momento, nos pidió que la metiéramos en un sobre y lo selláramos y que nos prometiéramos que nunca mostraríamos esa foto absolutamente a nadie. Dijo que se trataba de un experimento acerca de la relación del autor con su obra y la sociedad. Aunque a muchos nos pareció algo extraño el experimento, yo lo seguí al pie de la letra y guardé en el sobre una foto que nunca había mostrado, y me prometí jamás nadie vería esa fotografía aparte de mí.

¿Cuántos de quienes hicimos el experimento logramos conservar secreta la foto después de dos meses? Respuesta: nadie. ¡Era nuestra mejor foto! ¿Cómo no íbamos a mostrarla? Por mi parte, al mes ya había enseñado la fotografía a mi madre, a mis amigos, a mi compañeros de clase, ¡a todo el mundo!

Aparte de conocer mejor a mi yo presuntuoso, si algo aprendí de ese ejercicio, y de otras enseñanzas posteriores, es que el ser humano no está hecho para el secreto. Y no es que yo o muchos seres humanos no tengamos la capacidad de guardar secretos o conservar la confidencialidad de la información cuando el caso lo exije, lo que destaco es que esa situación de albergar un saber y no poder compartirlo es en sí misma una desgracia porque el ser humano que no puede comunicar algo es, por ese simple hecho, un ser humano aislado, quien tiene un secreto está solo, y en algún grado, consciente o inconscientemente, va a sufrir por ello.

Y no obstante, es parte del desarrollo normal de un niño el aprender a conservar para sí la información y tener la seguridad de que, si no abre la boca, no hay manera de que los demás se enteren de sus secretos, o por lo menos de algunos de ellos. Fue Ronald D. Laing quien expuso en alguno de sus libros (creo que en "El yo y los Otros") el caso de un niño al que llamaba "el niño transparente"; el "síntoma" consiste en sentir que si se es visto por otros los secretos serán descubiertos, de que no se es posible guardar nada a salvo de la mirada de los demás.

Por eso, antes de revelar secretos, es necesario aprender a guardarlos. Pero después, al paso de los años que llevan a la adultez, lo sano ya no tiene que ver tanto con aprender a guardar secretos (esta capacidad se conserva y se trasciende) sino en confesarlos, en volverse transparente. Existe en el Kosmos una tendencia hacia la unidad que, en el terreno personal se manifiesta como integración interna y en el interpersonal como tendencia hacia la comunicación (entre otras tendencias), y quien no puede llevarla a cabo sufre por ello. Tener un secreto, dice Laing, es estar solo, imposibilitado para la comunión. Y como ya dije, esto sabotea la tendencia hacia la unidad exigida por los niveles de intercambio (afectivo, sexual, verbal, social, etc.) de todo individuo.

El dolor implícito en guardar un secreto puede exhacerbarse cuando el contenido del mismo se vive con sentimientos de culpa. En ocasiones el peso del dolor es tan grande que el dato pasa a ser secreto dentro de un mismo sujeto, aunque en algún nivel "sepa" del mismo. En este sentido la religión cristiana en su vertiente católica cuenta entre sus prácticas un recurso llamado "confesión" que permite a una persona descargar el peso de sus contenidos no comunicados (siempre que permanezcan conscientes). Y la situación psicoterapéutica paciente-analista ofrece también un equivalente secular a esa necesidad. No hay unificación ni comunión sin confesar antes. De otra manera el contenido permanece a la sombra saboteando en alguna medida el proceso unificador.

Mientras tanto, y volviendo al tema de la foto, me pregunto: ¿Cuántas obras existen por ahí escondidas? ¿Cuántas pinturas, fotografías, esculturas, novelas, permanecerán ocultas por una voluntad de guardarlas como secreto? ¿Cuántas obras científicas, cuántos tratados filosóficos, estarán por ahí disfrazados de envolturas de regalos?